EL SIMIO OSADO



Durante aquella estación vivirían en la estepa, en un pequeño cerco de árboles frutales que les proporcionaría sustento hasta que el clima les permitiese volver a internarse cómodamente en la espesa jungla. No era la primera vez que habitaban allí, pues les parecía un lugar muy confortable. En aquella gran llanura sólo tenían como depredador a algún gran felino, y rara vez los grandes gatos desperdiciaban sus energías intentando capturar a un ágil mono. Vivían allí relativamente tranquilos. Junto al grupo de frutales que servía a la vez de despensa y de dormitorio, se alzaban unas grandes rocas areniscas, de un color rojizo, desgastadas en sus bordes por el paso del tiempo y los elementos. Algunas de las piedras eran de baja altura, y no les resultaba difícil a los acrobáticos primates trepar hasta la cima, y desde allí otear una gran extensión de terreno, vigilantes, sin que ninguna rama obstaculizara la vista. Otras rocas, sin embargo, no eran de tan fácil acceso. Los miembros más osados del clan se lanzaban desde lo alto de algún árbol cercano hacia la pared de piedra, buscando un asidero fiable en un hueco para lograr coronar aquellos peñascos. Si en su salto no conseguían agarrarse a la superficie de la roca, caían unos metros, distancia que en rara ocasión resultaba fatal. Así se entretenían también los simios más jóvenes de la manada. Pero no era sólo un juego. El que alcanzaba la cima del peñasco más alto solía convertirse en el macho dominante cuando alcanzaba la madurez.
En las proximidades de la Gran Roca no crecía ningún árbol. Superaba los veinticinco metros de altura y su superficie era prácticamente lisa. Cuando el joven mono empezó el ascenso, el resto del clan lo miraba perplejo. Alguno de sus compañeros de juego y rivales intentaron entorpecer sus primeros pasos hacia la cima. Lo cogían por los pies, estirando hacia abajo para que sus manos tuvieran que soltar las diminutas protuberancias rocosas a las que se aferraban. Pero sólo tuvo que subir medio metro más para que no pudieran alcanzarle, y así no interfirieran en la empresa que se había propuesto.
No era el primero que intentaba tal hazaña. Otros monos habían escalado por la Gran Roca, pero ninguno más allá de la mitad. La temporada anterior uno de los simios se había partido una pata en la caída. Poco después murió por la infección. Esta roca no era como las demás. Si osabas escalarla, debías atenerte a las terribles consecuencias. A él no le importaba. Sabía que jamás llegaría a ser el macho alpha de la manada: poco musculado para su edad, colmillos demasiado cortos, e insuficiente valor en los enfrentamientos cara a cara con otros machos. Pero ese día estaba dispuesto a todo para reclamar su sitio. No era fuerte ni valiente, pero era ágil y lo iba a demostrar.
Los primeros metros no le resultaron demasiado complicados una vez que se distanció de sus envidiosos perseguidores. Con sus  manos iba tanteando en busca de pequeñas fisuras o diminutos salientes que le permitían ejercer la fuerza suficiente para elevar el poco peso de su cuerpo. Los mismos salientes los utilizaba después para reposar, dejando ahora que sus pies soportaran parte del peso. Así avanzando, lento pero seguro, alcanzó la mitad del camino. Sus músculos empezaban a estar cansados, pero a partir de ese punto no habría vuelta atrás. O alcanzaba la cima, o caía al vacío. Estiró el brazo para llegar a un saliente que veía por encima de su cabeza. Lo estiró tanto que sentía dolor, como si los ligamentos fueran a partirse de un momento a otro. Hizo un último esfuerzo y alcanzó su objetivo. En ese mismo instante sus pies resbalaron. Quedó colgado, aferrado a la vida por tan solo una pequeña mano dolorida. Gruñía y pataleaba, buscando una grieta para sus pies que salvara su vida. No le quedaban ya más fuerzas. Caería y moriría. Tuvo suerte cuando metió un dedo de su pie izquierdo en un agujero de reducidísimo tamaño, tanto que sólo la mitad del dedo encontró apoyo. Fue suficiente para mantener el equilibrio durante unos segundos y dar descanso a su mano. Rápidamente alzó la vista, examinando su alrededor en busca de un lugar en el que pudiera recuperarse, ya que no aguantaría mucho en esa comprometida posición. Con un movimiento acrobático, haciendo gala de una destreza sin igual, se impulsó hacia arriba y en un saliente pudo hacer una merecida pausa.
Descansó varios minutos. Su determinación era grande y pronto reemprendió el ascenso. Los demás monos observaban, chillaban y gruñían. El macho dominante agitaba las ramas del árbol más cercano en un intento de llamar la atención de su manada. Encolerizado por la osadía del insignificante mono escalador, chillaba, corría moviendo los brazos, empujaba a otros machos, tratando de demostrar su poder y su fuerza. Era inútil. El pequeño trepador tenía ahora la atención de todo el clan. Era su momento de gloria, o su camino hacia la muerte.
El mono llegó a la cima derrotado. Las manos llenas de cortes superficiales, los pies doloridos, el cuerpo magullado y cansado. Pero a pesar de todo se encontraba feliz. Todos los miembros de la manada corrían excitados de un lado a otro, mirando siempre al osado joven en lo alto de la Gran Roca. Allí estaba, tendido en la pétrea superficie, descansando tras el colosal esfuerzo. Pasaron varias horas antes de que tuviera fuerzas para ponerse en pie. Cuando alzó su cuerpo estaba comenzando a anochecer. El sol emitía sus últimos destellos, iluminando toda la sabana con un color áureo. El mono quedó maravillado por el paisaje. Desde ese momento supo que su vida había cambiado. Miró hacia abajo. Tras un segundo de lucha contra el vértigo, consiguió fijar la vista. No había ningún miembro del clan. Todos se habían ido hacia la arboleda para pasar la noche. Le habían dejado solo. Después de conseguir tal hazaña y habían tenido la desfachatez de dejarlo solo. Emitió un par de gruñidos sordos, pero no obtuvo respuesta. Se acurrucó con su furia y su miedo y se dispuso a dormir.
Pasó muy mala noche. Echaba de menos su nido de ramas y hojas en el árbol. Por la mañana apenas pudo enderezarse sin sentir punzadas de dolor. Los huesos le crujían. Esperaba que su manada estuviera esperando al pie de la roca. No había nadie. Ni acudieron en las horas siguientes. Empezó a tener hambre. Chilló, gritó, gruñó para llamar la atención. Seguía sin obtener respuesta. Era el fin de la estación y el clan se había ido camino de la selva. Le habían dejado allí. El orgullo de haber conseguido su objetivo dio paso al miedo y a la angustia de la soledad. Rápidamente buscó un lugar apropiado para iniciar el descenso. Estaba hambriento, cansado y triste. Deseó no haber emprendido jamás aquella misión. Quería volver a ser el pequeño mono que nunca llegaría a las altas posiciones en su pequeña sociedad. No fue capaz de encontrar un sitio que le diera confianza suficiente para empezar a descender. Chilló, gruñó, gritó, saltó, braceó. No sabía qué hacer. Allí, en la cima de la Gran Roca, muerto de hambre y miedo, se tumbó, y lloró.

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