VETERANO DE GUERRA



El último sorbo de la lata de cerveza ya caliente tuvo la capacidad de rebuscar en su memoria, mostrándole el sabor del agua sucia que no conseguía olvidar por completo. Lo paladeó, intentando encontrar aromas que su vieja nariz se empeñaba en ocultarle. Finalmente lo dejó deslizar por su garganta, resignado, dejando, ya como costumbre, que el alcohol ocupara su lugar correspondiente en el cuerpo decrépito.
Aunque la televisión continuaba encendida, había pasado bastante tiempo desde que le prestara atención por última vez. Su cabeza, como habitualmente sucedía desde no recordaba cuando, se hallaba sumergida en un mar de recuerdos. Un mar del que no lograba salir a flote.
Recordaba fragmentos inconexos de sus años de servicio. Unas veces los veía pasar delante de sus ojos como fragmentos de películas. Otras, surgían en su cabeza como imágenes de un sueño, que acababan haciéndole revivir la peor de sus pesadillas. Las explosiones hacían resplandecer el viejo comedor. El sonido de las balas pasando por encima de su cabeza, los gritos de dolor de sus compañeros, el olor a pólvora, metal y muerte. Su ensimismamiento resultaba tan profundo que a veces se olvidaba incluso de ir al baño. En otras ocasiones se quedaba ahí sentado, aguantando con la fuerza que le daba la rabia, para no mostrarse a sí mismo su invalidez.

Hacía ya dieciocho años que había perdido la pierna defendiendo una posición que su superior marcó como imprescindible para el devenir de la guerra. La misma noche que consiguieron tomar la colina, sufrieron un ataque que ninguno de ellos había siquiera imaginado. El fuego de mortero empezó a caer mientras estaban acabando de montar las tiendas, con las últimas trincheras todavía por terminar. Llenaba sacos de tierra en la ladera de la colina, ahondando a la vez la trinchera a la que había sido asignado, cuando oyó las primeras explosiones. Corrió en busca del subfusil, y en su carrera a través de los continuos estallidos, se cruzó con su sargento, al que acompañaban tres soldados completamente pertrechados, seguramente pertenecientes a la sección de guardia. Casi se encontraba en la cima de la colina, el lugar donde se estaba estableciendo la base, cuando una detonación justo delante de él le obligó a tirarse al suelo. Cayó rodando varios metros ladera abajo, y sólo cuando pudo detener su caída asiéndose a un espino que le desgarró los brazos, se percató de que había sido mutilado.
No sintió dolor. Es posible que el miedo fuera tan fuerte que no dejará paso a nuevas sensaciones. Otra explosión. Veía su pierna derecha teñida del rojo de su sangre. Un instante más tarde, oscuridad. Cada nueva voladura le permitía seguir inspeccionando el alcance de su herida. En el lugar de su pierna izquierda, nada. Otra detonación y, después, oscuridad total.
Despertó en el hospital de campaña. Sentía un intenso dolor en su pierna izquierda. A lo largo de ese día fue informado de lo que sucedió la noche del ataque. Unos cuantos soldados enemigos abrieron fuego contra su posición, sin ninguna esperanza de recuperarla, sólo un intento desesperado de causar alguna baja, de mermar la moral de las tropas invasoras. Su sargento y el cuerpo de guardia acabaron con ellos rápidamente. Lo único que consiguieron fue destrozar algunas municiones, quemar una tienda, rellenar varias trincheras, desvelar a los menos osados… y una pierna izquierda.

En todo este tiempo todavía no se había acostumbrado a sus agitados sueños. No conseguía dormir más de dos horas seguidas; cabezadas que alternaba entre la cama, el sofá y un viejo diván.
Despertó sobresaltado. La pierna ausente parecía dolerle más de lo habitual. El televisor seguía encendido. Una tenue luminosidad se adentraba en el salón por las rendijas de la persiana. Después de secarse el sudor del mal sueño, observó su reloj. Pronto llegaría el asistente social. No. Recordó. Ya no volvería. En su último delirio etílico, dos días atrás, lo despachó a muletazos por su excesiva amabilidad al tratar con su invalidez. Le ponía enfermo. Era un lisiado, no un niño pequeño, tampoco un deficiente mental. Unas horas más tarde le telefoneaban para informarle del fin de la ayuda social. Ya había sido advertido varias veces. Aunque en el fondo le era indiferente, nunca creyó que las amenazas se fueran a cumplir. Desde entonces no había probado bocado. Con gran esfuerzo alcanzó su par de muletas. Se preguntó si irían a buscarlas, pues eran parte de la ayuda social que recibía. Se incorporó. El temblor de sus brazos sosteniendo el peso de su cuerpo incompleto luchaba por aguantar la verticalidad. Paso a paso con sus piernas metálicas, salto a salto con su pierna de carne y hueso, se dirigió hacia la cocina. Una vez estuvo delante de la nevera, repitió hábilmente la simple operación de dejar libre su brazo izquierdo, utilizando para ello su pierna y la muleta del brazo derecho. No tuvo tiempo de darse cuenta de que había apoyado la muleta en una de las muchas manchas repartidas por el suelo de la cocina. No tuvo la pericia necesaria para poner de nuevo la otra muleta en el suelo. Un segundo de inflexión, una caída rápida y estrepitosa. Entonces sucedió lo que no había ocurrido en más de diez años de campañas militares. Entonces lloró.

En cuanto el médico del hospital de campaña creyó que su salud se había estabilizado, ordenó su vuelta a casa. La herida no estaba ni mucho menos curada, pero comenzaba a cicatrizar adecuadamente. Una vez en el país, lo trasladaron a la clínica de su ciudad en un coche oficial. La noticia de su ingreso fue publicada en el periódico local, junto con una breve descripción de los hechos. Su caso no se volvió a mencionar jamás en ningún medio, ni siquiera cuando al ser dado de alta recibió una inmerecida condecoración honorífica.
Después de diez años de servicio, nadie acudió a visitarle durante su estancia en el hospital. Su antigua novia dejó de escribirle a los dos años de su partida. Él hubiera preferido que lo hubiera hecho una carta antes, pues en el último escrito le comunicó su intención de casarse estando embarazada. En el frente es mejor no tenerle miedo a la muerte que luchar sin apego a la vida. Pero aún así sobrevivió.
El apartamento en el que pasó su infancia y parte de la adolescencia no era el que se encontró cuando el asistente social abrió la puerta. El escaso mobiliario apareció colmado de suciedad. Las manchas de humedad ocupaban una superficie más amplia que la pintura blanca del techo. El olor a madera húmeda en descomposición mezclado con el del agua podrida de las viejas cañerías hacía de la vivienda una pocilga insalubre. Durante los meses siguientes acondicionó el piso y lo convirtió en un lugar habitable. Lamentablemente, nunca consiguió hacer lo mismo con su cabeza.

Salió de casa temprano. Vestía una vieja casaca verde, una camisa de fieltro azul a la que faltaban varios botones, unos pantalones de lona color aceitunado y calcetines gruesos de lana. Calzaba una bota de agua negra. Su cabeza lucía un antiguo casco de sus años de cadete, aunque por el tamaño más parecía un bombín; no le tapaba más de un dedo de frente. Así ataviado, descendió las escaleras y salió a la calle. El sol caía con fuerza sobre el adoquinado. Su sesera estaba protegida por el casco; no era la influencia del sol caldeando su mollera la razón de sus desvaríos. La gente que pasaba a su lado le observaba con mirada divertida. Si alguien detenía su vista descaradamente durante demasiado tiempo, él le apuntaba con su muleta y simulaba, bien una ráfaga, bien un preciso disparo de francotirador, con lo que la víctima ficticia huía rápidamente.
En su deambular sin rumbo fijo, pronto llegó a las afueras. La carretera separaba el monte de los primeros edificios de la ciudad. Extensos campos de cereal rodeados de pequeños montes conformaban un paisaje bucólico, que a él se le antojó hostil. Cuando  atravesó la calzada sintió que cruzaba una frontera. Su pie pisaba suelo enemigo. Tuvo ganas de correr, de esconderse, de huir. Pero algo le impedía volver a la ciudad. Tenía que seguir adelante, hacia campo abierto. Allí le esperaría el resto de su compañía. Oyó la primera detonación. A su espalda quedaba el enemigo, atacando desde la ciudad.  Corrió todo lo que sus brazos le permitían. Sin dudarlo se adentró en el campo sembrado. Las balas pasaban silbando por encima de su cabeza. Un bombazo le obligó a torcer el rumbo. Las muletas se hundían parcialmente en la tierra bajo su peso, lo que hacía mucho más dificultoso su avance. Aún así siguió adelante. Sus delirios le mostraban el miedo que le daba la fuerza necesaria para continuar huyendo. Sabía que el enemigo nunca dejaría de acosarle. Fuego de mortero horadó la tierra. Se sorprendió de no haber sido alcanzado. Arrojó a un lado las muletas. No aguantaba más. Su pierna derecha ardía de cansancio. En la izquierda sentía horribles punzadas de dolor, que se hacían más intensos al llevar allí su mano y hacerse consciente de la ausencia. Entonces el dolor se convertía en tormento, angustia, desconsuelo. Tuvo poco tiempo de auto-compadecerse. El enemigo no daba tregua. Gateando en su frenética huida, comenzó a ascender una pequeña ladera. Miró hacia atrás y sonrío. Pese al numeroso pelotón que le perseguía, no le habían dado caza. Un pobre lisiado loco se estaba burlando de todo un batallón. La sonrisa se transformó en carcajada. Una nueva detonación le recordó el peligro en que se hallaba. Continuó trepando por la pendiente. El ruido de motores le advirtió de que no solo la infantería iba tras él. Miró, incrédulo. En mitad del campo aparecieron tres carros de combate que se aproximaban a gran velocidad  hacia su posición. Supuso altaneramente que pronto recurrirían a la aviación. No iba a ser necesario. Coincidiendo con el límite de sus fuerzas se escuchó una nueva explosión. Habían conseguido alcanzarle.
Se desplomó, malherido, preguntándose si tendría que haber sido así. Se derrumbó convencido de que la muerte se lo debía haber llevado aquel día hace dieciocho años, en esa tierra extraña, en aquella maldita colina. Se quedó allí tendido. Ya no sentía dolor. Cerró los ojos y estiró los dedos para acariciarse la pierna izquierda. Sus dedos sintieron la sangre caliente brotando por la herida. Sus labios dibujaron una leve sonrisa. Pestañeo pesadamente varias veces, hasta que no le quedaron fuerzas. Por vez primera en dieciocho años tuvo un sueño duradero, plácido y tranquilo.

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