Hoy comeremos carne

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Publicado mi relato de terror.



HOY COMEREMOS CARNE

El círculo se rompió. Las manos sudorosas se deslizaron, separándose la danzante formación pagana. Las siete siluetas recortadas a la luz flamígera de las brasas se retorcían en espasmódicos movimientos, casi inhumanos, alteradas por la extraña mezcla de hierbas ingeridas a lo largo de la ceremonia. Las figuras pertenecían a siete mujeres. Siete féminas ataviadas con andrajosos chales de lana, calzas de cuero grueso, alpargatas de esparto y otras prendas de invierno con la finalidad de mantener calientes sus arrugados cuerpos. La nieve caía sobre las cabezas lisas, sin ningún vestigio de cabello, mezclándose con las gotas de sudor en una disolución tibia que adornaba las baldías cogoteras con una perlada corona. La curvatura de las espinas dorsales confería a las ancianas una apariencia grotesca, casi circense, caricaturesca si no fuera por las afiladas cuchillas que sostenían sus manos. En el centro de la hoguera un mástil ascendía rugoso, repleto de nudos; una madera que las llamas lamían sin conseguir quemar. En lo alto del prodigioso palo, un cuervo de descomunal tamaño observaba la escena con un porte altanero y desafiante. En el instante en que el círculo se disgregó, el ave alzo el vuelo. Las brujas continuaban su incesante baile a la par que el córvido, sobrevolando sus cuerpos a poca distancia, clavaba su intensa mirada en cada una de ellas, analizándolas.  Posándose finalmente en una de las calvas, el cuervo bebió las gotas de sudor y pico después los ojos de la afortunada. Las demás al saberse rechazadas, utilizaron sus cuchillas de afeitar para rebanarse el cuello. Los viejos cuerpos cayeron sin vida, regando con su sangre espesa el suelo nevado. La elegida, presa del pánico y de la ceguera, se lanzo a las llamas guiada por el crepitar de las brasas. El fuego se extinguió a lo largo de la noche. Los restos del aquelarre quedaron olvidados en el espeso robledal. 

—¿Cuándo vais a sacarme de aquí? —gritó la anciana mientras golpeaba el ventanal de madera.
—¡Cuando resucites a los niños que te has comido! — La voz del hombre resonó por todo el edificio.
—¡Yo no fui! Fueron ellos. Yo sólo soy una humilde servidora…

            La construcción se alzaba solitaria en mitad de un mar de piedras, controlando arrecifes de zarzas y bancos de pececillos de plata. Sus tres pisos de altura podían verse desde varios kilómetros a la redonda, pues ninguna otra edificación, ningún árbol, ni tampoco un accidente geográfico se interponía en el paisaje. Tan solo monte bajo y campos yermos, parajes otrora bullentes de actividad agrícola, cruelmente abandonados por la sociedad moderna. De base cuadrada, sus paredes descorchadas ascendían lisas, sin ningún tipo de adorno ni ventana. El cemento toscamente lucido por las manos inexpertas de un agricultor momentáneamente convertido en albañil, presentaba el deterioro propio de más de un siglo  a la intemperie. Los cimientos aguantaban impasibles, tan anclados a la roca madre que formaban ya parte de ella. A ojos ignorantes hubiera llamado la atención la ausencia de una puerta propiamente dicha, ya que el edificio no estaba concebido para que lo habitaran personas. Un ventanuco de apenas medio metro cuadrado, colocado a tres varas del nivel del suelo, era el único acceso al palomar. Al menos consistía en la única entrada para humanos. Justo debajo del tejado, unas aperturas cuadradas permitían la entrada y salida de las habituales inquilinas de la torre: las palomas.
            Aunque en decadencia por la falta de sembrados, una  veintena de parejas se resistía a abandonar el antiguamente próspero palomar. Los nietos de su constructor, desconocedores del esfuerzo y los beneficios que su alzamiento había supuesto para la familia en otra época, abandonaron su herencia campestre a la suerte del olvido, dejando que sus raíces se pudrieran sin remedio. Pero los caminos del destino son caprichosos. Cuando la necesidad aprieta, la memoria reactiva viejos recuerdos y remotas posibilidades. Así fue como Ione, tras perder su trabajo en la fábrica de la capital y acabarse su prestación por desempleo, se dirigía al pueblo de su abuelo en busca de una oportunidad.
            Conocía la metódica a seguir para procurarse unos cuantos pichones. Durante su infancia había acompañado a su padre a recoger el fruto de la solitaria construcción. Armada con un viejo saco de esparto, Ione salió de su coche, aparcado en el camino de tierra más próximo al refugio de las torcaces. Era una tarde otoñal y, aunque el cielo estaba encapotado, todavía no llovía. Además la temperatura resultaba agradable, tras un verano caluroso en exceso. Ione se sentía animada pese a su situación de desamparo. La docena de agujeros de la cumbre le observaban acercarse, interrogadores, desacostumbrados a la presencia humana. No se veía ninguna paloma, agazapadas en sus nidos ante la inminente tormenta. Conforme se iba acercando su alegría se difuminaba, como la poca claridad que le quedaba al día. Poco a poco cayó sobre su espalda el peso de la soledad de los alrededores, y no tardó en sentirse sobrecogida ante la almenara. Se le antojaba ahora parte de un mausoleo destruido que albergara las almas de los labriegos cuyo sudor absorbió esta tierra. El caminar entre zarzas y tormos de barro seco se le hacía cada vez más pesado, y solamente cuando llegó hasta el ventanal se percató de que su estado de cansancio era tal, que hasta su espalda se había encorvado ligeramente. Cerró el puño y con sus nudillos golpeó la madera de la ventana, tal y como su padre le había enseñado. Tres golpes secos retumbaron por todo el palomar, rompiendo el lóbrego silencio. Los aleteos exaltados no tardaron en llegar. Las palomas, asustadas por el ruido, buscaban apresuradamente la salida, huyendo del posible depredador que venía a perturbar su paz. Los golpes tenían esa finalidad: espantar a los ejemplares adultos y dejar la zona despejada para la cómoda captura de sus pichones. Aquella noche la familia de Ione por fin comería carne tras varios meses de escasez. Cada paloma que lograba alcanzar la salida producía en su huida un ruido que, aunque esperado, exasperaba a la joven mujer. La irregularidad de la cadencia con la que sonaban le hacía sobresaltarse. Cuando hubieron transcurrido unos segundos sin que ningún ave saliera de su cubil, Ione llevaba una cuenta de once parejas. Su padre y su abuelo siempre contaban el número de parejas para hacer una estimación de los pichones que podían coger, dejando siempre el número suficiente de ellos para que la bandada saliera adelante.
Abrió la ventana y tomó impulso con los brazos para izarse hasta poder introducirse por la estrecha apertura. No lo recordaba tan oscuro, como tampoco recordaba que sus antecesores siempre realizaban aquella tarea cuando el sol se encontraba bien alto, para aprovechar al máximo la poca luminosidad que lograba acceder al interior de la construcción. Sí tenía en la memoria la disposición interior del palomar. Los tres pisos eran idénticos, a excepción de las claraboyas superiores. En las cuatro paredes, pequeños nichos de escayola servían de soporte para los nidos de las aves. Una escalera móvil daba acceso al siguiente piso. Cada planta consistía en cuatro planchas de cemento de medio metro de ancho que permitían alcanzar los nidos, dejando la parte central del edificio hueca, de manera que desde el nivel del suelo se veía el techo pero no los nidos de cada uno de los niveles superiores. Una vez utilizada para ascender al primer piso, la escalera de madera se debía asir para subir al siguiente. Esta operación debía realizarse con premura, pues si no los pichones más cercanos a la madurez podrían tener tiempo suficiente para escapar. Con esta disposición se revisaban rápidamente todos los nidos, y por el hueco central se iban tirando abajo las capturas, tras despojarles de algunas plumas de las alas para evitar que salieran por el ventanuco o que levantaran el vuelo hasta el tejado. Una vez abajo, vulnerables sin su principal defensa natural, el vuelo, resultaba sencillo capturarlos y meterlos al saco.
Una vez estuvo apoyada en el quicio del ventanal, de un salto se metió dentro. Sus dos piernas quedaron instantáneamente clavadas casi hasta las rodillas en una capa de inmundicia. El palomino acumulado durante décadas desprendía un hedor tal que Ione no pudo evitar ponerse a vomitar, Entre arcada y arcada le costaba un gran esfuerzo llenar sus pulmones con aquel aire hediondo que seguro estaba cerca de ser mortalmente tóxico. Pese a que la oscuridad era casi total, unos rayos de luz permitieron a Ione vislumbrar dónde se encontraba la escalera. Se dirigió hacia ella con una mano tapándose inútilmente la nariz y la otra sosteniendo el saco en alto. Cada paso que daba conseguía que el olor se intensificara, al remover los desperdicios. La papilla putrefacta de heces, huesos y plumas se aferraba a los pantalones, como si estuviera deseosa de escapar de su misma podredumbre. No podría tirar al suelo los pichones capturados, pues se hundirían en aquel fango de muerte. Tendría que meterlos directamente al saco, lo que le haría perder efectividad en su caza. Alcanzó la escalera y subió unos peldaños. Con el saco limpió como pudo los restos de sus botas para evitar resbalones. Solamente de imaginarse sumergida en aquel guano casi le provocó nuevas arcadas.
Llegó al primer piso maldiciendo la hora en que se le ocurrió visitar el palomar. Por su cabeza pasó la idea de darse la vuelta pero, obstinada, se forzó a continuar. Lo peor ya había pasado. En las tarimas superiores la cantidad acumulada de excrementos sería mucho menor. La oscuridad allí era total. Forzando la vista se apreciaban unos puntos más oscuros y brillantes, tan lisos y pulidos que se hacían visibles al reflejar la propia oscuridad. Aparecían y se escondían intermitentemente, al son del parpadeo nervioso producido por el miedo. Ione se puso manos a la obra. No se molestó en atrofiar ningún ala, ya que sus presas iban directamente al saco. Así recolectó tres jóvenes aves y, pese a la mugre y el nauseabundo olor, su mente viajo en el tiempo y recordó los platos guisados por su abuela: pichones encebollados, arroz con pichones, pichones fritos… Un trueno le hizo volver a la realidad hedionda donde se encontraba. Anudó el saco, lo cargó en su espalda y amarró la escalera. Tras arrancarla de la capa de palomino la colocó en posición para ascender al segundo piso.
Rodeado por un montículo de pequeños huesos, reposaba contra la pared un esqueleto humano. La calavera se encontraba dislocada en un ángulo incompatible con la vida, seguramente obedeciendo la llamada de la gravedad al haberse descompuesto los músculos del cuello. Las cavidades oculares parecían más profundas de lo habitual, pues en lugar del vacío dejado por la nariz sobresalía una protuberancia ósea en forma de pico. Le bastó un segundo de macabra visión para quedar aterrorizada. Bajó temblando por la escalera lo más rápido que pudo. Tal era su horror que no se molestó en cambiar la escalera de piso. Saltó hacia la fosa séptica que era el piso inferior. A pesar de que la capa apestosa amortiguó la caída, una rodilla cedió, quedando dolorida y probablemente luxada. Avanzó hasta el ventanuco arrastrando la pierna. Tiró el saco fuera y trepó con dificultad, temblando todavía. Seguía lloviendo. El cielo ensombrecido resplandecía con cada relámpago. Saltó al exterior y, tras recuperar el saco, trotó por el yermo como un caballo enloquecido. El peso del saco aumentaba gradualmente a medida que absorbía el agua de lluvia. ¿Cuántos había capturado? Tres o cuatro, no lo recordaba bien. Parecía que llevaba una docena. El barro se pegaba a sus botas al igual que el miedo se había instalado en su subconsciente. Huía a trompicones de algo muerto. Tenía la sensación de ser observado desde las alturas, como si el palomar fuera una torre de vigilancia y aquel esqueleto su imperturbable vigía. Los pájaros revoloteaban en el saco. “Deben estar ahogándose”, pensó. Pesaban como si llevara una veintena. Llegó al coche y no le importó mancharlo. Tiró la bolsa al asiento del copiloto, arrancó y se marchó.
No se percató de cómo unos afilados picos rasgaban el esparto. El revuelo caótico de negras alas en el interior del coche le hizo perder el control y salirse de la calzada. Aquel día los cuervos comieron carne. Carne humana.

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